Una carta
Cartas de un joven escritor que la editorial argentina Beatriz Viterbo publica en coedición con Trilce, de Uruguay; Era, de México, y Lon, de Chile, reúne la correspondencia que el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1994) intercambió a lo largo de dos décadas con el prestigioso crítico de arte argentino Julio E. Payró (1899-1971).
Por Juan Carlos Onetti.
En alguna parte dice Goethe algo así como que “uno es lo que hace”. Ergo, cuando uno hace otra cosa ya no es uno. La carne y el cerebro pueden tratar de mantener la ilusión. Pero hay alguna parte definitiva que de manera inexorable anota el cambio y registra con todo el luto necesario la correspondiente defunción.
Rastros
- ¿A quién se parece tu mujer, Eliseo? No sé, es un aire solamente, pero…, ¡la boca! Es la boca, es como la boca de Lidia. ¿Te acuerdas de Lidia?
Cómo no se iba a acordar.
“Lidia fue la gorda del grupo y eso impedía todo. No importaba lo buena gente, inteligente, aguda que era. Eso sí, en lo que todos coincidían era en la boca. Él conocía bien los rasgos, formas, colores, de esa boca.
Siempre estuvo cerca de ella, de Lidia, porque lo contenía, escuchaba todas las boberías que se le ocurrían y además la usaba.
Si había que decir quién hacía todas las tareas, de todas las materias y además no tenía ningún problema en explicarle a todos y pasarle sus notas de clase, esa era Lidia. Una pena que pesaba como ochenta kilos; impresentable la gorda. Pero ahí estaba su boca; lejos, la mejor sonrisa del curso, lejos la mejor carcajada, lejos la más triste y colorada cuando lloraba.
Eliseo la conocía bien. Podía identificarla en una multitud. Por eso supo que era ella, el día de la fiesta de la facultad. Todos daban vuelta a la cabeza para ver a la muchacha esa que llegó con el profesor de griego. De espaldas se veía muy bien; buen culo y buenas tetas de frente. Cuando vió su boca casi muere. La boca de Lidia. No sólo eso, era Lidia.
Qué linda estaba. Se quedó loco y se juró llevársela esa noche. Lo mejor es que ella parecía dispuesta a eso, porque desde el momento en que se saludaron no pararon de conversar, de bailar, de reirse juntos. Como cuando estaban en el colegio, sólo que ahora esta mujer que tenía enfrente lucía muy bien y su boca brillaba aún más, en medio de tanta belleza.
Salieron de madrugada y fueron a casa de Eliseo. Cuando la besó, sintió que había llegado a lo más alto del placer. Ella se esfumó dos horas después y no se la encontró más.”
Supo que se había ido a vivir fuera del país, que le iba bien.
Sus aretes quedaron al lado de la lámpara de noche y de ahí a su billetera, hasta hoy.
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