Pares y nones

El sonido de la ciudad

Posted in Míos by ZoePé on Julio 16, 2008

A Pepin Rivero

¡Buenas noches, ciudad! El locutor saludaba a partir de las ocho en la emisora local y la cortina de apertura que identificaba el programa se metía por todos lados. Rebeca llegaba apurada a meterse en su cuarto para sintonizar la radio. Esperaba con ansiedad la hora en que la voz de Calixto Romaña transformaba su día y su noche con la magia de historias nuevas y música entrañable.
La vida de Rebeca carecía de sobresaltos; se despertaba temprano porque no era de dormir mañanas, se vestía para ir a la oficina, desayunaba una tisana de caña santa sin azúcar y salía de su casa con el tiempo justo para tomar el autobús que la llevaría hasta la parte vieja de la ciudad donde trabajaba. No tenía una profesión pretenciosa, las líneas de código que salían diariamente de sus manos, compiladas, formaban parte de los muchos sistemas informáticos que en el Ministerio de Hacienda gestionaban los procesos rutinarios de conciliación contable y emisión de informes. Eventualmente la llamaba algún amigo o amiga y después del trabajo salía a tomar un café en algún bar cercano. No podía alejarse mucho, porque tenía que estar de regreso a la hora del programa. Desde hacía dos años lo escuchaba puntualmente, sin faltar un día.
Cuatro semanas atrás comenzó a escribirle a Romaña. Por supuesto que usaba un seudónimo, de ninguna manera podía identificarse como ella misma. Y cada nueva carta era mejor que la anterior, tanto así que justo en ese momento, los oyentes estaban pendientes de su correspondencia. Luego que terminaba de sonar el inicio del programa, las primeras palabras de Romaña eran, “tengo en mis manos la última carta de Adriana Mencheco”. Ese nombre estaba en boca de mucha gente a esa altura. Cada mañana en su viaje de rutina Rebeca escuchaba los comentarios de sus ocasionales compañeros en el autobús, hablando de las novedades de la carta que la noche antes se había dado a conocer por la emisora. Adriana Mencheco era una sensación. En sólo un mes, la saga de su vida era la noticia más importante de la ciudad.
La culpa de que Rebeca escribiera la tuvo Antonio, que después de ver la película Suban el volumen, la estuvo alabando durante horas, esa tarde cuando caminaban por la plaza y el calor abrasaba sus cabezas. Ella no tenía el valor de vivir la vida de Adriana Mencheco, escandalosa, promiscua, desinhibida. Todo lo que le hubiera gustado hacer lo hacía el personaje inventado y eso le daba doble placer. Por un lado, no cambiaba nada de su ordenada rutina y por otro era famosa. Hasta en las reuniones con sus amigos, siempre había una parte de la noche dedicada a hablar de Adriana, de sus conquistas, de sus irreverencias sociales. Rebeca disfrutaba esos momentos y nadie se sorprendía si no opinaba; ella era tan callada, tan nada, que no levantaba la más mínima sospecha.
El día que supo del premio colapsó su tranquilidad. Las cartas siempre las enviaba poniendo en el remitente un domicilio ficticio, por eso cuando la fueron a buscar se dieron cuenta que no podían localizar la dirección. Durante días Calixto Romaña pidió que aparezca, que se dejara conocer, no importaba que fuera otra persona, no importaban las razones por las que había escondido su verdadera identidad, lo único que tenía valor era el premio que después de tanta búsqueda ya muchos codiciaban haciéndose pasar por los creadores de Adriana Mencheco.
Sólo había un dato que identificaba a Rebeca. Ella era la única que conocía el nombre del autor del tema de presentación del programa. De casualidad lo supo y en alguna de las cartas se lo hizo notar a Romaña, que era amigo personal del músico.
La tensión alcanzó su grado máximo cuando en las noches se presentaban cada vez más personas a refrendar la paternidad del personaje y nadie daba con el nombre que servía de contraseña. Rebeca tenía que tomar una decisión. La presión era muy grande y sabía que con sólo decir ese nombre su vida daría un giro de 180 grados.
El último viernes de agosto, bajó al estacionamiento del Ministerio a buscar su bicicleta con la que por excepción había viajado ese día al trabajo. Escuchó que alguien gritaba un nombre. ¡Era el nombre! Se dió vuelta y quedó a pocos metros de un hombre de mediana estatura, delgado, con barba, de ojos bondadosamente verdes y voz muy grave que le respondía a su amigo. La mirada de la muchacha debió ser muy elocuente, porque él no pudo hacer otra cosa que mirarla también. Rebeca se vió entonces caminando a su encuentro con sus pasitos cortos y mientras le extendía su mano, le dijo: “Mucho gusto, Adriana Mencheco para servirle”.

Escribe un comentario