Amarillo
Ella tenía diez años. Él había repetido varias veces el quinto grado y por eso era más grande. Y no sólo de edad, también era alto, el más alto de la clase. Siempre con algún pretexto Cuquita y Rubén viajaban caminando de regreso de la escuela y aunque él vivía del otro lado inventaba algo para acompañarla. Que si tenía que ir al correo, que si un mandado de mamá, que si la clase de natación. Hablaban de lo que habían aprendido ese día, de los compañeros de aula, de flores. ¡Ah, las flores! Rubén sabía mucho de eso, hasta conocía las que servían para hacer cocimientos y curar algunas malezas del cuerpo.
Nunca le regaló flores a Cuquita. Algo le decía que no tendría mucho éxito si lo hacía. Pero era lo que más quería en el mundo y recogerlas con sus propias manos y armar el ramo él mismo, uniendo cada tallito. Porque eso sí, tenía que ser un ramo de flores silvestres, nada de invernadero o neveras de conservación; recién cortadas a la mañana, con la fresca y entregadas antes del mediodía.
El día del fin de curso llegó por fin y Rubén preparó el arreglo con los mejores lirios del solar de al lado de la iglesia. Era el mejor lugar en que se daban, porque la humedad de las paredes de la capilla los hacía crecer grandes, con tallos fuertes, hojas muy verdes y pétalos amarillos y brillantes. De la mejor manera que pudo envolvió el ramo en una bolsa para que los ojos envidiosos no pudieran mancillar su ofrenda.
Cuando todos se saludaban y despedían, deseándose felices vacaciones, Rubén se acercó a Cuquita y casi al oído le dijo que tenía un regalo para ella. La tímidez hizo presencia en las mejillas arreboladas de la niña. El muchacho le mostró el ramo de lirios amarillos, como si fuera un trofeo y se lo ofreció. Ella no supo qué hacer y ante los ojos asombrados y tristes de Rubén echó a correr sin dar vuelta a la cabeza.
El año siguiente fueron a colegios distintos y ni siquiera coincidían en los eventos que reunían a todas las escuelas. Rubén desapareció.
Cuquita se hizo una mujer, pero quedó hechizada para siempre. En los cumpleaños o días importantes no puede controlar el impulso de regalar lirios amarillos a sus amigos, a sus amantes. Lo hace casi de incógnito, sin que se den cuenta, como quien abandona un niño, con el oculto deseo de que un día sea Rubén quien los reciba.
No se me ocurre ningún comentario salvo que es precioso. Y no sé por qué, pero tiene algo que me hace pensar en lo japonés (aunque no creo que sea el color).