Veinte veinte
Cuando llegué a Buenos Aires tuve la sensación de que no sería leve mi paso por acá. Hace más de diez años y lo que ha sucedido en este tiempo, tan rápido como la gente que camina por la calle Florida en la hora pico, me hizo crecer, madurar, vivir, sin un momento para el respiro. Es así esta ciudad, creo. Te adopta, te abre los brazos y después te exige, te arrastra y te larga con la lengua afuera, a punto para el terapeuta.
No me quejo, viví cada minuto con una intensidad que me hizo embellecer, por fuera y por dentro. Aprendí muchas cosas, que no se aprenden hasta que se abandona definitivamente la época de estudiante.
En Buenos Aires construí un proyecto personal importante, con la vista puesta en el horizonte, aunque este fuera el del Río de La Plata y no el del Mar Caribe. En Buenos Aires nacieron mis dos hijas. Lucía no está conmigo, pero nos cuida a mí y a Ana desde algún lado. En Buenos Aires me enamoré de nuevo. En Buenos Aires me convertí en un profesional con herramientas, con recursos para competir, pero también para ser generoso y enseñar. En Buenos Aires encontré a una amiga que extraño cada segundo de mi vida.
Caminar, como lo hago con frecuencia, por calles, plazas, sufrir la humedad, el calor, el poco frío en el livianísimo invierno porteño, tomar un café en alguna esquina, embarrarse las medias o los pantalones con la baldosa floja de la vereda, que aún no logro identificar como hacen los de acá, ir apretada en el subte, bajar la voz cuando te grita el tipo que quiere salir y estás tratando de entrar al vagón, insultar en habanero al colectivero que no paró y sólo tienes quince minutos para llegar, pasear sin ansiedades por las librerías de Corrientes, porque sabes que esos libros ahí estarán cuando tengas plata para comprarlos, aguantar la perorata de los tacheros, cuando preguntan -¿de dónde sos? –cubana, le dices y ahí viene la parrafada a favor, en contra, -¿cómo te escapaste? ¿cómo viniste a parar a este país de mierda?-, que chorree la nariz seis meses de los doce que tiene el año y que no haya suficientes carilinas que den abasto para los mocos de tu alergia, ir a comer afuera y mirar, mirar todo con la vista perfecta, con el veinte veinte en los ojos.
Ahora que la paz me abandona más seguido y que el desasosiego ocupa una buena parte de mi universo más íntimo, Buenos Aires me salva. Hoy a la mañana bajo la lluvia, de la mano de Ana que chapoteaba con sus botas rojas en cada charco, abrí el pecho, respiré profundo y me puso contenta estar aquí. Tomé el subte y mientras escuchaba a Lisandro Aristimuño, veía mi sonrisa en el vidrio de la puerta.
Al final, el arraigo es eso, sentirse bien en tu lugar en el mundo.
Primer piso, habitación diecisiete
Espíaba el viejo a los que entraban. Estudiaba sus caras, su forma de caminar, de abrir la puerta y elegía después en qué lugar debía esconderse para observar. Con ochenta y tres años, el conserje que ya no tenía el vigor sexual de su juventud se hizo un experto voyeur. Entre las dos falsas columnas dóricas, que flanqueaban cada habitación tenía su visor. Nadie lo descubrió hasta hoy. Los amantes lo despidieron con un discreto saludo.