Primer piso, habitación diecisiete
Espíaba el viejo a los que entraban. Estudiaba sus caras, su forma de caminar, de abrir la puerta y elegía después en qué lugar debía esconderse para observar. Con ochenta y tres años, el conserje que ya no tenía el vigor sexual de su juventud se hizo un experto voyeur. Entre las dos falsas columnas dóricas, que flanqueaban cada habitación tenía su visor. Nadie lo descubrió hasta hoy. Los amantes lo despidieron con un discreto saludo.
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