Bitácora
Nada, o más bien, muy poco, es lo que ha acontecido. Imperceptiblemente, todo se ha
comenzado a repetir y en el puerto las velas tardan mucho más en cuadrarse ante los
vientos o la calma.
Nadie parece partir ni retornar porque tal vez es más sencillo desearlo; los batientes
anuncios de tormenta son escuchados apenas, y quienes miran al mar siguen masticando
con la misma lentitud.
De algún modo, no se ha perdido la belleza, pero llegará el tiempo en que no habrá
belleza o vanidad que pueda soportar tanto deseo, y dará igual el hilo de saliva que
corre en la camisa
o los restos de aceite y de comida que han reducido el mar. Entonces, nadie podría partir
ni retornar aunque quisiese; los cuerpos se descubrirían demasiado sordos, demasiado
fláccidos
y sólo servirían para ahogarse en silencio o increpar a la familia por tanta soledad. Si
alguien tendiera una mano, tendría que ser lo suficientemente fuerte para desterrarlos
de su propia miseria;
ellos lo saben, pero aun así (¡y cuántos barcos no han varado sólo por esperarlos!) temen
que sus residuos filiales, esos que alimentaron por su propio miedo, no se hundan del
todo,
y que si quieren regresar a tierra, los vientos los desvíen, y que la calma los detenga ante
unos puertos no muy diferentes de donde partieron.
De la esperanza
el día se está perdiendo azul
tecleo y tecleo
pero no salen las ganas de verte
ni la mosca profetiza tu llegada.
me aguanto desespero
y no te llamo
porque bueno
la táctica la astucia
qué sé yo.
cómo recoger mis impulsos
si mañana un gusano
me va a comer el sueño
la memoria.
por eso
no hay pastillas contra tus abrazos
no recetes más remedios para el amor
la vida no tiene calma
sino cuadrúpedos en mi pecho
y no te llamo
y te llamo
y ya no estás porque te fuiste siempre
sin saber que una muchacha
-la más tímida y atrevida de las muchachas-
ha saltado
del balcón
al mundo.